¡No corras, no corras. Calma!

Le decía un niño a su madre mientras salían a toda pastilla del portal “¡No corras, no corras, mamá, calma!” y a mí, que pasaba al lado y con los que casi choco, me dio qué pensar. Un chiquillo de unos 3 años le tenía que recordar a un adulto que no tuviera prisa por llegar a ese sitio, que no tuviera prisa por coger el autobús, que en definitiva, no tuviera prisa por vivir.

Un niño tiene toda la vida por delante y ellos no son conscientes todavía del paso del tiempo, no se sienten apremiados por el tic-tac del reloj y que en definitiva es el tic-tac de la muerte que se acerca. Qué maravilloso sería seguir creciendo así, conscientes pero sin prisa y, sobre todo, sin miedo.

Sin embargo, los adultos estamos obsesionados con cronometrar cada momento del día, tratamos de estirarlo y multiplicarlo y nos sorprendemos cuando no lo logramos. Llegarás tarde, date prisa….son frases tan utilizadas que forman parte de nuestro discurso diario sin darnos cuenta de la impronta que pueden dejar, sobre todo en los más pequeños. Cuando vivía en Francia oía mucho algo que se le dice muy a menudo a los chiquillos y que no me gusta nada: “Vas-y, dépêche toi!” “¡Venga, date prisa!” Tenemos metido en la cabeza que el tiempo es oro y volcamos ese patrón en nuestros hijos, alumnos, nietos….. la rapidez por vivir. El estrés existencial. 

¿Qué es lo que nos pasa con el tiempo? Algo debe tener para que toda la vida gire al compás de su mandato.

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Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll

 

Y me pregunto yo, no hay tiempo ¿para qué exactamente?

Cada día nos despertamos con un soniquete electrónico horrible que algún día nos dejará clavados en la cama de un infarto. Lo apagamos a tientas tirando seguramente cosas de la mesilla y……. comienza la carrera a contrarreloj de las actividades diarias medidas al milímetro y que acaban, seguramente, contigo tumbado en el sofá, mirando la tele y a la vez chequeando tus mensajes del móvil medio dormido, para luego un cepillado de dientes y a dormir (si se puede).

Y al día siguiente, vuelta a empezar. Con la excepción de fines de semana donde intercambiamos ir al trabajo por poner lavadoras o ir al hipermercado.

Y….. ¡ufffff conseguido! un día más vivido.

¿Vivido? ¿En serio? ¿Para esto es para lo que no tenemos tiempo?

Está bien, está bien, la visión que doy es un tanto pesimista, y obligada para casi todos nosotros, terrícolas currantes.

 Pero a lo que me refiero, en realidad, es ¿de cuántas de ellas somos plenamente conscientes? ¿Cuántas hacemos por inercia? ¿Y cuántas hacemos a la vez creyendo ganar tiempo pero, en verdad, no dándonos cuenta de la individualidad y belleza de cada una?

Una amiga me dijo el otro día a propósito del caos navideño, “si por un momento la gente por la calle parara, dejara las bolsas en el suelo y viera todo lo que está pasando a su alrededor, se reiría”. O quizás lloraría, añado yo.

Si miramos atrás nos sorprendería ver que siempre hemos vivido mirando al sol con el ritmo de los momentos de luz. La vida no tenía tanta urgencia no se pensaba tanto en el futuro sino que sólo importaba sobrevivir en el momento.

¿Qué fue lo que cambió? En poco más de un siglo vimos como un gran reloj dominaba el trabajo en las fábricas y poco a poco ese mismo reloj iba descolgándose de las paredes, metiéndose en los bolsillos para finalmente ponerse en las muñecas. El gran controlador del tiempo no solo controlaba ya la vida laboral sino también la social.

Pero si el tiempo es relativo, como se ha demostrado, ¿por qué vamos tan deprisa? ¿De qué huimos? ¿De la propia vida? ¿De la propia muerte? ¿De que si nos paramos nos asustará lo que veamos?

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“Para y huele las flores”

¿Qué nos estamos perdiendo yendo tan rápido? Pues, en mi opinión, sentimientos, acciones que nunca más se repetirán. Nunca. Porque nada es permanente y nada vuelve o no de la misma manera.

Tempus fugit.

Sin embargo, hacer varias cosas en poco tiempo y a la vez tampoco lo resuelve. Al revés. Creemos engañar al cerebro haciendo lo que en inglés llaman “multitasking” (multitarea) pero en realidad el cerebro solo está diseñado para experimentar plenamente una sola cosa a la vez y a los únicos a los que engañamos, finalmente, es a nosotros mismos.

Hay muchas cosas que deberían llamar nuestra atención porque ellas en sí mismas son ya interesantes, importantes y bellas. Y tomarnos nuestro tiempo para hacerlas. Estar atento y ser consciente de cuándo, cómo, con quién las hacemos. Pueden ser cosas del día a día como fregar los platos, escribir un email, hacer la compra. U otras más sutiles: estirarte en la cama antes de levantarte, acariciar a tu mascota, ver a tu hijo jugar, escuchar (realmente escuchar) a un amigo, sentir el agua mientras te duchas, tocarte los pies cuando te duelen, oler una tostada, mirar los árboles, etc. cosas que nos parecen que nos hacen perder el tiempo porque son más o menos “pasivas”. Sensaciones que no nos interesan porque no nos incitan a la acción (más bien a la contemplación) y si no haces, no eres. Así que si haces y además haces varias cosas a la vez, ya no solo eres sino que además eres un superhéroe. Has hecho mil cosas en poco tiempo, bien por ti. ¿Pero te has enterado al cien por cien de alguna de ellas? 

Hay cuatro (bueno, cinco, con un dos en uno 😉 en particular que considero fundamentales recuperar si queremos darnos cuenta de esta vida que pasa, sí, muy rápidamente pero que podemos “estirar” si ponemos consciencia en las acciones, es decir si les dedicamos tiempo.

RESPIRAR: ¿y eso necesita tiempo? ¡Claro! Es algo que damos por hecho, me levanto y ya estoy respirando, duermo y mientras, respiro. Es cierto que al ser una función orgánica autónoma, opera de manera inconsciente, así que no precisa nuestra atención y voluntad para expresarse.  De hecho, tu cuerpo ya respiraba antes de que apareciera la idea del “yo” con la que funcionamos por la vida. Sin embargo, es la única función fisiológica que podemos modular a nuestro antojo (no podemos controlar ni los latidos del corazón, ni la circulación de la sangre, etc.). Y es ahí donde se convierte en un vehículo privilegiado. Por ejemplo, podemos desacelerarla para relajarnos o hiperventilar para tener más capacidad de apnea.

  “ Ahora es consciencia, presencia en el instante más inmediato; no existe ayer, ni mañana, ni antes, ni luego; solo Ahora. El hecho de respirar nos dice que estamos vivos en este plano, que podemos ser conscientes y despertar”

 Así que aunque sólo sean 5 minutos al día, para y mira como respiras. Siente el aire entrando en tus pulmones como un regalo y saliendo como si te quitaras una carga de encima y siéntete vivo y alégrate.

COMER (y cocinar): todos conocemos el “fast food”, comida rápida. Cocinar y comer rápidamente. Vaya idea. Su contrario ha surgido también, el movimiento “Slow Food” = comer y cocinar como se ha hecho durante toda la historia de la humanidad, es decir, con tiempo.

Y si no tenemos tiempo para cocinar, por lo menos, tengámoslo para comer, ya que a veces esta importantísima acción es un puro trámite. Estamos en el trabajo, llega el mediodía, sacamos el tupper, lo metemos al microondas y engullimos lo que hay. Y de vuelta al ordenador.

La idea “comida de negocios” es un sinsentido. ¿La comida que hay enfrente de nosotros no merece el suficiente respeto como para SOLO centrarnos en ella? ¿además tenemos que negociar, o sea, hacer dinero? Me parece una inmoralidad, ¿cuánta gente desearía tener un plato de sopa caliente delante sin necesidad de tener que hacer otras cosas a la vez porque comer les “aburre”?

Hemos normalizado tanto el hacer otra cosa (aunque solo sea escuchar música) mientras comemos que quizás te sientas hasta raro si sólo te dedicas a comer.

¿Sabías que si comes y haces otra cosa a la vez al cabo de pocas horas te sentirás hambriento aunque te hayas metido una comilona? Esto sucede porque el cerebro no ha registrado al cien por cien el acto de comer y por eso, al cabo de un rato, lo echa de menos. No ha podido registrar la saciedad.

Haz esta prueba. Métete a la boca un trozo de comida y empieza a masticar. Ahora ponte a hacer otra cosa. Sigue masticando y guárdalo en la boca un rato mientras a la vez vas haciendo la otra actividad. Ahora para, deja de hacer lo que estabas haciendo. Para también la masticación, cierra los ojos y siente el sabor en la boca. ¿A que lo notas más intensamente? ¿ o a que, simplemente, lo notas?

Y, masticar. ¿Y eso para qué? Se pierde demasiado tiempo. Sin embargo, es fundamental. Se debería masticar al menos cincuenta veces cada bocado. La digestión empieza en la boca y nos ahorraríamos muchos problemas digestivos si lo hiciéramos. También es bueno si estás intentando adelgazar. Además la lengua es el órgano principal de absorción de energía pránica. Masticar es como meditar, sería precioso después de un día duro, sentarse a la mesa, meterse una cucharada de comida en la boca, cerrar los ojos y masticar. Simplemente masticar. Yo intento hacerlo y la sensación de cosquilleo que te queda después en las encías y paladar es muy agradable, calma la mente. 

ESCUCHAR: escuchar, no oír, es decir, dar tu plena atención a esa persona y concentrarte en lo que dice sin dejar que tu ego piense que es más importante lo siguiente que vas a decir tú que lo que estás escuchando. ¿Cuántas veces creemos estar escuchando pero en realidad nuestra mente está preparando ya la siguiente frase que vamos a decir y que intentaremos “colar” a la mínima (¡o a veces ni si quiera dejaremos a nuestro interlocutor que termine!)? Que una buena conversación no se convierta en una batalla de egos. Sé paciente, haz una escucha atenta y activa y cuando la otra persona acabe, contesta. ¡Aprenderíamos muchas cosas si escucháramos más!

CAMINAR: vamos tensos por la calle (eso si caminamos porque a veces la dictadura del coche no nos deja ni pisar la acera). Prueba esto: cuando vayas por la calle andando, desacelera el paso y siente tus manos, luego tus brazos y luego tus hombros. ¿ A que ibas encogido? ¿con los hombros hacia arriba en tensión? ¿las manos como agarrotadas? ¿la lengua pegada al paladar? Para, cierra los ojos y siente el sol en tu cara o la brisa o la lluvia. Algunas técnicas milenarias de meditación consisten en caminar lentamente.

¿Por qué a estas cosas fundamentales para vivir es a las que menos tiempo les dedicamos? Pues porque las damos por hecho. Damos por hecho que al despertarnos abriremos los ojos y podremos ver; damos por hecho que podremos ponernos de pie y caminar; damos por hecho que podremos vestirnos porque tenemos dos manos, dos brazos; damos por hecho que podremos saborear ese plato de comida…. hasta que un día por accidente,enfermedad, conflicto armado, vejez nos faltan y entonces, nos damos cuenta de cuan poco aprecio y tiempo les dedicamos. ¡Ah! y otra cosa, no están de moda. A nadie le interesa que utilices tu tiempo para acariciar, oler o escuchar ¿por qué? porque no son rentables para la sociedad de consumo en la que vivimos. No hace falta comprar nada para hacerlas.

Acabaré con una cita de un libro que me encanta y que recomiendo:

“La vida moderna nos obliga a repartirnos ansiosamente entre demasiadas tareas y se nos induce a pensar que si no podemos hacerlas todas somos en cierto modo insuficientes. Al no saber con certeza cuál de estas actividades (si acaso alguna) nos proporcionará la sensación de paz y satisfacción que ansiamos, nos exigimos hasta el límite, en un intento de incluirlo todo para estar seguros de que estamos viviendo de verdad” A. M. Matthews, Siete claves para vivir en calma.

Así que “no corras, no corras, calma”. Sé consciente de cómo pasa la vida, no te asustes, no te enfades, alégrate de que así sea. Y dale tiempo al tiempo.                   

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